"En general, nada es lo que parece" (A. N. Choa)

sábado, 3 de diciembre de 2011

40 - Epílogo


Pasó prácticamente un año.

Desde aquel día no supe nada de Anchoa, ni del resto de los integrantes de Investigaciones Globales. Tampoco de Doña Moderación, Orellana, Candela y Johnatan, y menos aún de Pilín. No tengo muy claro por qué, pero no puedo dejar de pensar en ellos en tiempo presente, como lo hice durante todo este relato. 

En este tiempo me hice parroquiano del local de una estación de servicio. No sé cómo definirlo, porque no es ni un bar, ni una confitería, ni un restaurante. Pero las chicas que lo atienden son bastante amables, me tratan de usted, como corresponde, y el café se deja tomar.

Hoy me animé a volver a la cuadra del bar.

Ahora estoy parado en la vereda de enfrente, para observar el panorama.
Cosme,el frutero, nos acaba de saludar como si nos hubiéramos visto ayer nomás.
El kiosco de diarios sigue tal cual. Tal vez con una mayor oferta de revistas. Se nota porque desde enfrente se ve más colorido que como lo recordaba.
En la otra esquina, junto a la vía del tren, la calesita sigue girando al compás de una cumbia.

El bar ya no está. La puerta celeste tampoco, pero da la impresión de que su color se hubiera derramado sobre toda la fachada de la planta baja, que en lugar de la puerta y la vidriera tiene ahora dos aberturas cuadradas.
En la vereda, en lugar de las mesas con las sillas de lona azul, hay un par de pilas de cajones de plástico, verdes y anaranjados.
El balcón del primer piso deja ver su baranda de hierro, porque desapareció el cartel que anunciaba esos cursos tan extraños.
A través de las aberturas cuadradas, se vislumbran tres hileras de tubos fluorescentes en el techo, y no mucho más.
Sobre las aberturas, y cruzando todo el frente, hay un gran letrero rojo con imágenes de frutas en el fondo, que dice: “Supermercado Jia Yuan”. Tiene un par de ideogramas, y unos números de teléfono, para los envíos a domicilio.

Cruzo la avenida y entro. Camino por el pasillo de la izquierda, entre la góndola del papel higiénico y la de los productos de limpieza, contando mentalmente mis pasos. Ahora me encuentro a la altura del lugar donde había estado la mesa de billar, y me concentro todo lo que puedo. Pero no se escucha ningún ruido de carambolas. Apenas el zumbido del motor de la góndola refrigerada donde se exhiben los productos lácteos, que está a continuación, más o menos en el sitio donde hace un año se erguía la escalera caracol. Y hacia la derecha, en el fondo del local, el espacio donde antes estaba el mostrador con la cocina detrás, ahora está ocupado por la fiambrería, con una china jovencita que hojea aburrida una revista.
En la pared del fondo, entre la góndola de los lácteos y la fiambrería, hay una abertura ancha, a través de la cual unas tiras de plástico transparente que cuelgan de la parte superior del marco, dejan entrever un depósito lleno de estanterías y cajones apilados.

Pareciera que quienes transformaron el bar en un supermercado, compraron o alquilaron en bloque el  local del frente y el del fondo, donde estaba el galpón que albergaba a los postulantes que salían convertidos en decididores.

Según mis cálculos, a unos treinta metros de la puerta de las tiras de plástico, debería estar el ombú. Pero apostaría a que los chinos deben haberlo arrancado de cuajo para poder construir el depósito. Es sabido que son gente muy industriosa y emprendedora, pero poco preocupada por el conservacionismo y el equilibrio ecológico.

Acá adentro, cerca del fondo del local, se siente algo raro. Como una electricidad estática en el aire, que me hace pensar en algún efecto residual del vórtice temporal.

Recuerdo la hipótesis de Anchoa respecto de los decididores, y pienso si finalmente no tendría razón: el domingo pasado arrasó en las elecciones municipales un corrupto inútil procesado por la justicia, que dejó a los analistas políticos de los diarios escribiendo una sarta de pavadas, intentando inútilmente explicarle a los lectores las razones por las cuales sacó semejante cantidad de votos.

No podría afirmar que Decisiones Express haya tenido algo que ver, porque desde que ocurrieron todos aquellos sucesos le di de baja al celular, y por lo tanto nunca más recurrí a sus servicios.

Doy varias vueltas haciendo como que miro la mercadería exhibida, mientras escucho unos villancicos navideños interpretados en chino por una voz femenina bastante afinada que sale por unos parlantes que no alcanzo a ubicar. Me siento vigilado por las camaritas de seguridad que, como en todos los supermercados chinos, están por todas partes.

Ahora estoy parado frente a la  góndola imitación madera de los vinos y licores, y agarro una botella de Hesperidina.

Camino lento hasta la caja, donde un chino de mediana edad pasa por el lector de código de barras unas latas de arvejas que compró el cliente que está delante de mí.

Inmediatamente mi cerebro conecta el bip que emite el aparato con aquel sonido que tanto me había intrigado, y que no había logrado identificar, aquella madrugada en el bar.

Miro hacia la salida, y calculo que la caja está ubicada exactamente en el mismo lugar en el que se encontraba la mesa vacía desde donde parecía salir, un año atrás, el inexplicable pitido.

Me doy cuenta entonces que la teoría del Doctor Pascualini había estado incompleta: los sonidos no solamente podían llegar desde el pasado. También eran capaces de hacerlo desde el futuro. Automáticamente llevo la mano al bolsillo del saco, y ahí está, un poco arrugada, la hoja llena de fórmulas que le sustraje, sin saber bien para qué, aquella tarde en el club. Tal vez deba hacerla ver por alguien que entienda de esas cosas.

El joven chino se demora un poco en cobrarle al cliente, un individuo completamente calvo y de barba candado, que usa unos anteojos modernos de marco blanco y lleva bajo el brazo un libro de Alejandra Pizarnik. Por lo que puedo pescar, están discutiendo por veinticinco centavos. La gente hoy en día no está nada bien.

Me armo de paciencia, y espero que termine el entredicho mientras observo cómo un gato dorado que está en lo alto de la estantería de los desodorantes, justo detrás de la caja, me saluda moviendo sin descanso su brazo izquierdo hacia atrás y hacia adelante.

Cuando finalmente me toca el turno, pago y salgo. Ni bien me alejo un par de pasos, el  chino de la caja dice algo en voz bastante alta.
Desde afuera alguien le contesta, corto y seco, en chino. Al menos así suena.

Al atravesar la puerta hacia la vereda, veo por el rabillo del ojo, al que había respondido desde afuera. Es un chino maduro, compacto y de pelo azabache. Tengo que girar la cabeza y mirarlo con detenimiento para confirmar la primera impresión: está sentado sobre un cajón de gaseosas, y, con la espalda recostada en la pared del frente del supermercado, fuma sin parar. A pesar de que su vestimenta, compuesta por un pantalón de traje, camiseta musculosa y ojotas tiende a confundirme, no me quedan dudas. Es idéntico a Orellana.

Me clava una mirada a través del humo del cigarrillo que me hace bajar la cabeza, y apurar el paso.

Al llegar al cordón, un ruido inconfundible me llega desde abajo, entremezclado con el de los autos que pasan por Lacroze.

Son ranas. Cientos de ranas crepitando, como solamente puede escuchárselas en un charco, en el medio del campo.

Campo abierto, que es lo que debe haber sido este lugar mucho antes del bar que conocí. Antes también de los años dorados del billar del tano Pernoglio. En una fecha previa al almacén y bar de los años veinte. Con anterioridad a la botica que se estableció ni bien fue edificada la casa. En un tiempo en el que el criadero de pollos de aquel inmigrante centroeuropeo ni siquiera era un proyecto aún. Antes de que aquel criollo viajero desapareciera detrás del ombú.

Mucho antes incluso de la época en que el ombú era apenas un pequeño arbusto.

En fin, campo abierto, como debe haber sido este lugar hace quinientos años.

O como volverá a serlo dentro de otros quinientos. Ya no lo puedo saber, porque si algo me quedó claro, es que en general, nada es lo que parece.


Miro para la vereda de enfrente, y ahí está Erec, que se había quedado esperándome sentado a la sombra del toldo de la frutería.

- ¡Venga, que ya nos vamos!
Ahí para las orejas, cruza Lacroze, me mira de reojo con una sonrisa, y arrancamos para el lado de Cabildo.

Este perro se ha convertido en una gran compañía para mí. 

Me parece que lo voy a empezar a tutear.


- FIN -
  

1 comentario:

  1. no puede ser un mes sin internet y entro hoy y ya no existe el bar de Lacroze espectacular relato lo voy a releer todo

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