"En general, nada es lo que parece" (A. N. Choa)

domingo, 25 de septiembre de 2011

30 - Quantenverschränkung



- ¡Pero qué lo tiró, caracho, Anchoa! ¡Resulta que me trae caminando como treinta cuadras para que su amigo el DoctorPascualini, recibido en el Institiut de no sé qué cuernos me explique por qué se descalabra el tiempo en la manzana del bar, y resulta que el señor científico, especializado en física nosecuántica, en vez de usar la computadora para resolver ecuaciones, está jugando al solitario! ¡Ya me parecía que ustedes son una manga de farabutes que como no les resulta suficiente entretenimiento andar robándole las banderas a las hinchadas rivales, me han tomado para el churrete y se divierten a costa mía!
- ¡Tranquilícese, Tordo! ¡Respire hondo! ¡Se va a infartar! Pascua, fijate que en la heladerita debe haber algo fresco para darle de tomar a este hombre, que se nos va a descomponer.
Pascua se levantó de su silla, y tras revolver un instante dentro de una heladera de telgopor que había en el piso, en un rincón del cuartito, me trajo una botella de agua mineral.

- Tome despacio, Doc, y mientras déjeme que le explique. Tal como le conté mientras veníamos para acá, Pascua es el Doctor Pascualini. Doctor en Física, especializado más precisamente en física cuántica. Lo del solitario es como un recreo que se toma. Le ayuda a despejar la mente, y le puedo decir que sus más grandes avances teóricos los ha logrado inmediatamente después de jugarse una partidita.
- Créale a Anchoa, Doctor. Si se tranquilizó un poco, le explico.

Pascua cerró la computadora, se paró, y fue hasta el armario de metal donde la noche anterior el Topo había guardado los handys. Buscó un poco ahí adentro, y volvió a la mesa con una carpeta que rebalsaba de papeles por los cuatro costados. En el momento de sentarse, hizo un movimiento un tanto torpe, y la carpeta se le escapó de las manos, con lo cual los papeles quedaron formando una pequeña montaña en absoluto desorden en el centro de la mesa. A esa altura ya me estaba haciendo acordar a Jerry Lewis en una película en la que hacía de científico loco, a pesar de que físicamente no se le parecía en nada al actor, especialmente porque Pascua (o el Doctor Pascualini), no usa anteojos.

- Soy todo oídos
- Bueno. Como seguramente le habrá comentado el detective Choa, mi campo de investigación es el del Entrelazamiento Cuántico.
- Sí. El cuantevergarchung.
- Ejem...algo así.
- ¿Y qué tiene que ver ese asunto del entrelazamiento de no se cuántos, con la vuelta manzana, y con el tiempo que adelanta o atrasa, si es que se puede saber?
Pascua observó la montaña de papeles torciendo un poco la cabeza hacia la izquierda, y sacando la lengua de costado, agarró haciendo pinza con el índice y el pulgar la puntita de una hoja que estaba más o menos en el medio. Dio varios tirones secos, hasta que la extrajo de la pila, y la agitó frente a mi cara con una sonrisa de satisfacción.
- Acá está. Mire, acérquese.
Me acomodé los anteojos. Era un papel casi cuadrado, con una marca de agua en forma de espiral, sembrada de arriba abajo y de izquierda a derecha, de pequeños números, letras, símbolos, gráficos y diagramas que llegaban hasta los bordes de la hoja. Me quedé mirando fijo ese galimatías, levantando presión porque de nuevo sentía que me estaban tomando para la chacota, si pretendían que yo, un simple podólogo retirado de la profesión, sacara alguna conclusión a partir de ese papelucho plagado de jeroglíficos. Como de costumbre, Anchoa detectó mi estado de ánimo al instante, y dijo:
- No se empiece a ofuscar de nuevo, Doc. Pascua, fijate si se lo podés explicar más sencillamente.
- ¡Como no! Es simple, Doctor: El Quantenverschränkung es un fenómeno cuántico, en el cual los estados cuánticos de dos o más objetos se deben describir haciendo referencia a los estados cuánticos de todos los objetos del sistema, incluso si los objetos están separados espacialmente. Esto lleva a correlaciones entre las propiedades físicas observables. Por ejemplo, es posible enlazar dos partículas en un solo estado cuántico de forma que cuando se observa que una gira hacia arriba la otra siempre girará hacia abajo, pese a la imposibilidad de predecir, según los postulados de la mecánica cuántica, qué estado cuántico se observará…

Anchoa, que me observaba de reojo, lo interrumpió.
- No Pascua, me parece que así no vamos a ninguna parte. Mire, Tordo: el Doctor Pascualini tiene incorporado el lenguaje propio de quienes se dedican a las ciencias duras, pero carece de ciertas capacidades pedagógicas imprescindibles para transmitir adecuadamente sus conocimientos a terceros.
- O sea: la tiene re clara, como dicen ahora los pibes, pero es medio otario para explicar, como decíamos en mi época. Con todo respeto.
Pascua me clavó una mirada que no pude llegar a interpretar, porque Anchoa retomó la palabra:
- Así que si me permiten, voy a tratar de traducir.
Pascua ni le contestó. Simplemente, volvió a abrir la computadora, como aliviado, y se puso de nuevo a jugar al solitario.
- Sigo siendo todo oídos, Anchoa.
- Bueno. Se la hago sencillita. Imagínese que el tiempo es un auto…
- Trato.
- Imagínese que ese auto está siempre en marcha, y avanza constantemente. ¿Me sigue?
- Lo sigo.
- Con lo cual, de hecho, todos, y todo,  estamos viajando hacia el futuro.
- A la pucha…
- Lo que varía es la longitud de cada viaje.
- No entiendo.
- Claro. Hay seres vivos que se suben al auto y viajan hacia el futuro apenas unas horas, como cierto tipo de insectos.
- Ajá
- Nosotros, los seres humanos, lo hacemos durante toda nuestra vida. Promedio setenta años, setenta y cinco, póngale.
Esa última reflexión de Anchoa me provocó una cierta inquietud, pero traté de disimular:
- Es verdad.
- Otras especies, como algunos árboles, están arriba del auto cientos de años.
- Voy entendiendo.
- Y ni que hablar de objetos inanimados, que viajan durante miles de años.
- Ahí ya me perdí de nuevo.
- Mire los egipcios, con sus pirámides, sin ir más lejos
- ¡Tiene razón! ¡Y el planeta mismo, y el universo, que deben venir en ese auto desde hace millones de años! Pero no entiendo por qué me compara al tiempo particularmente con un auto, Anchoa.
- Por la velocidad. Yo le dije que sería como un auto que avanza y avanza. Pero a velocidad constante. No tiene ni acelerador, ni marcha atrás.
-…¡Me caigo y me levanto! ¡Nunca se me había ocurrido pensarlo así! ¡Por eso no se puede viajar al futuro, ni al pasado! ¡Aprenda de Anchoa, Doctor Pascualini! ¿Vio que sencilla que era la explicación?
Pero el científico ni se mosqueó. Ya estaba absolutamente absorbido por su juego de cartas.

- Entonces permítame que le haga la pregunta del millón, Anchoa.
- Dele nomás
-Si el tiempo no tiene acelerador. ¿Cómo es que cuando uno da la vuelta a la manzana del bar se adelanta varias horas?
- Bueno, esa anomalía es precisamente lo que está estudiando Pascua. Parece que tiene algo que ver con el Entrelazamiento Cuántico.
- Muy interesante. Igual, en el bar, además de estas cuestiones del tiempo, ocurren otras cosas por demás extrañas.
- Sí. Las luces de colores, la música, la desaparición de Orellana, toda esa gente que sale por la puerta celeste, el galpón de atrás... estamos trabajando en eso, y tenemos una teoría.
- Y los sonidos
- ¿Qué sonidos, tordo?
- Esta madrugada, cuando me estuve tomando el café con leche ni bien Doña Moderación abrió el establecimiento, me pareció escuchar cosas.
-Ya me imagino. Los ecos.
- ¿Qué?
-Sígame, que vamos a ver a alguien que se lo va a poder explicar mejor que yo

Anchoa se paró, dio media vuelta, y salió del cuartito.
Yo también  me puse de pie, pero cuando estaba por arrancar detrás del detective, tuve un impulso.
Como el Doctor Pascualini seguía como hipnotizado por las cartas de poker de la computadora y parecía no percibir nada de lo que pasaba a su alrededor, manoteé la hojita con las fórmulas y me la metí en el bolsillo del saco.

- CONTINUARÁ -

domingo, 18 de septiembre de 2011

29 - Pascua


Por segunda vez me detuve, y esta vez, además me paré de frente a Anchoa, y lo agarré del brazo, como para subrayar mi pregunta:

- ¿Pascua? ¿El que casi los deschava con Cosme, el frutero?
- El mismo
- Pero si ese tipo ni siquiera es capaz de mantener en secreto que está siendo partícipe de una investigación. ¡Cómo va a ser Doctor en Física recibido en ese instituto extranjero!
- Bueno, como todo científico, es un poco despistado, pero en su especialidad es uno de los que más sabe en el mundo.
- Y seré curioso. ¿Cuál viene a ser la especialidad del señor, perdón, del Doctor Pascua?
- La teoría del Quantenverschränkung 
- ¡Ta que lo tiró, Anchoa! Usted sabe que tengo facilidad para la fonética, acuérdese si no de cómo me mandó al frente con Svebor, el cocinero del bar,  aprovechándose de mi habilidad innata. Pero esto que me acaba de nombrar, si bien me suena a alemán, no tengo la más remotísima idea de qué significa.
- No se equivoca, Tordo. Tiene buen oído. Es alemán. Significa Entrelazamiento Cuántico. Así se denomina a una propiedad de las partículas que predijo Einstein en 1935. Pero no lo quiero abrumar con detalles técnicos, que para ser sinceros, sólo conozco superficialmente. Para eso trabajamos en equipo, y tenemos a los mejores especialistas en cada área.
- ¿Y usted me va a contar ahora que su amigo, que se supone que en lugar de un barrabrava de la hinchada de nueva Chicago resultó ser un científico serio, se dedica a estudiar esas paparruchadas de los viajes en el tiempo? ¿Qué?¿Está construyendo una máquina para ir al pasado o al futuro, como en las películas?
- Tranquilícese, Doc. En primer lugar, tan paparruchada no es, este tema. Usted lo experimentó en carne propia, y no le cayó muy bien que digamos. Casi se me desmaya. Y en segundo lugar, con respecto a los estudios del Doctor Pascualini, mejor dejemos que él mismo le explique.

Enfrascado como había estado en la charla, ni me había dado cuenta de que nuestra caminata nos había llevado hasta la entrada principal del Coliseo del Bajo Belgrano, en Pampa y Miñones.
Anchoa saludó al tipo de vigilancia que estaba parado a un costado del portón, y pasó para adentro.
Yo lo seguí, pensando en que había estado convencido de que el sobrenombre del Doctor en Física hacía referencia a la festividad religiosa, en lugar de ser, simplemente, un apócope de su apellido, como me lo acababa de dejar saber, como al pasar, el detective.

Fuimos por un camino ancho de cemento que corre paralelo a la cabecera del campo de juego, justo al pie de la tribuna, y llegamos al cuartito donde se había desarrollado la reunión del equipo de Investigaciones Globales la noche anterior. En el trayecto pude ver a unos pibes, seguramente pertenecientes a las divisiones inferiores, trotando alrededor de la cancha, mientras un viejito con ropa deportiva y una boina a cuadros que no pegaba con el resto de su indumentaria, regaba el césped en el círculo central, utilizando una manguera que largaba más agua por las pinchaduras que por el pico.

Cuando entramos al cuartito, nos encontramos justo detrás de la puerta con Pilín, que resoplaba mientras se agachaba para recoger del piso los vasos de plástico que habían quedado de la reunión de la noche anterior. Enderezó como pudo su enorme humanidad, nos observó a ambos, y dirigiéndose a mí con una expresión de asombro y su desconcertante vocecita de nene, dijo:

- ¡Cómo le va, Dotor! ¿Otra vez por acá?
Anchoa se apuró a responder por mí, guiñándome disimuladamente un ojo:
- Sí, gordo, el Tordo vino a ver cómo Pascua nos arma el plan para correr a los pechofrío de Cambaceres el sábado que viene, que jugamos de visitantes. ¿No, Doc?
- Sí, claro, Anchoa, le contesté siguiéndole el juego.
- Si sigue así, se va a hacer hincha de Excursio, el Dotor, dijo Pilín, y soltó una carcajada cortita.
- Y, quién le dice, Pilín, uno le va tomando cariño a los colores de la institución, le respondí, ya totalmente lanzado a seguir con la farsa, a pesar de que me daba pena que Anchoa y los demás integrantes de Investigaciones Globales lo tuvieran engañado de esa manera al gordo, que, si bien no tiene muchas luces que digamos, parece ser un muchacho noble. Pero la curiosidad por enterarme de qué caracho era lo que estaba pasando en el bendito bar y sus adyacencias pudo más. Así que, como para reforzar un poco el concepto, agregué:
- Así que voy a ver si acá su amigo Pascua me explica  qué estrategia van a poner en práctica, que para eso es un experto. ¡Qué digo un experto! ¡Un Doc


Anchoa, que estaba parado a mi lado, me tomó del hombro, pero clavándome el pulgar en el trapecio con tanta fuerza que me dejó sin aire, impidiéndome terminar la frase.
- Venga, Tordo, tome asiento, me dijo, apretando los dientes y mostrándome una falsa sonrisa, a la vez que sin soltarme el músculo me hizo girar hasta que quedé de frente a la mesa. Con la otra mano me arrimó una silla por detrás, y me la calzó debajo del traste, de manera que quedé sentado en una fracción de segundo. Se arrimó a mi oído, y me susurró:
- Discúlpeme la brusquedad del procedimiento, pero se estaba yendo de boca.
Con un hilo de voz, no tanto por mantener el secreto, sino porque el dolor no me permitía prácticamente emitir sonido, le contesté:
- Perdóneme usted. Es que me entusiasmé.
Recién ahí aflojó la presión del dedo, y yo pude volver a respirar, al mismo tiempo que me percataba que tenía frente a mí, del otro lado de la mesa, a Pascua (o al Doctor Pascualini, como me acababa de enterar), absolutamente concentrado en la pantalla de una computadora portátil.

Anchoa le dijo entonces a Pilín:
- Gordo, haceme un favor. Si vas a sacar la basura, pasá por el depósito, y fijate que esté todo en orden. Los trapos, y los bombos.
El gordo asintió con la cabeza, y salió con la bolsa de residuos.

- Listo. Ahora podemos hablar tranquilos.

Pascua seguía mirando fijo la computadora. A decir verdad, no tiene un aspecto que uno pueda asociar con un científico. La cabeza grande y tirando a cuadrada, la barba desprolija de algunos días, los ojos pequeños, muy robusto todo él, y un detalle fundamental: no usa anteojos. Más bien me lo imagino atendiendo una parrilla, o algo así, antes que quemándose las pestañas con quién sabe qué fórmulas complicadísimas en la pantalla de una computadora. Pero se ve que, como dice Anchoa,  prácticamente nada es lo que parece.

- Bueno, Pascua. El Doc anduvo dando vueltas a la manzana del bar, así que creo que podemos ponerlo al tanto de lo que estuvimos averiguando.
La voz soplante de Anchoa pareció sacarlo a Pascua de sus elucubraciones al menos parcialmente, porque sin apartar la vista de la pantalla, le preguntó:
- ¿Vueltas completas?
- Sí
- ¿En sentido horario y antihorario?
- Efectivamente
- A la flauta.

- Discúlpeme,  Pascua. Ante todo, buenas tardes.
- Perdone, Doctor. Buenas tardes.
- No es nada. Y en segundo lugar, Anchoa me dijo que usted está estudiando en profundidad cómo es este asunto de las alteraciones del tiempo en la zona del bar.
Sin mover ni un centímetro sus ojos de la pantalla de la computadora, me contestó:
- Es que hay algo que me está costando terminar de resolver y me tiene trabado
Y nos hizo un gesto con las manos señalándonos las sillas vacías a su izquierda y a su derecha.
Me paré, y rodeé la mesa, mientras Anchoa hacía lo mismo por el otro flanco, y nos sentamos uno a cada lado del Doctor Pascualini.

En la pantalla de la computadora  se veían, sobre un fondo verde, varias columnas de cartas de póker.

Entonces Pascua preguntó:
- ¿Qué me conviene? ¿Subo el tres de corazones, o barajo de vuelta a ver si me sale el as de pique?

- CONTINUARÁ -

domingo, 11 de septiembre de 2011

28 - Caminata


Me volví a sentar y me tomé el café de un trago. La cabeza me daba vueltas.

- ¿Le pido otro cafecito, Tordo?
- No, deje, Anchoa. Ya me voy a componer. Me parece que si caminamos un poco me va a hacer bien.

Le dejé a Candela el dinero para el café sobre la mesa, debajo del platito, y nos pusimos de pie. Antes de arrancar, agregué el importe correspondiente a una Hesperidina, más unos pesos de propina.
Anchoa me miró de reojo y se sonrió.

Comenzamos a caminar hacia Cabildo. A esa hora, esas cuadras llenas de locales comerciales, estaban repletas de gente: señoras del barrio haciendo las compras, pibes con uniforme que acababan de salir del colegio, jubilados que entraban al banco a cobrar. En fin: la actividad normal para un día de semana pasado el mediodía. Aunque por un momento se me pasó por la cabeza si para toda esa gente sería, efectivamente, un día de semana pasado el mediodía.

- Dígame, Doc, ¿Qué le llama la atención, mirando el croquis?
Anchoa agitaba la servilleta, ya medio arrugada, delante de mis ojos.
- Que usted es bastante chambón dibujando.
- Doc, entiendo que está confundido y fastidioso, pero  no se la agarre conmigo. Me refiero a si se fijó en el sentido de las flechas.
- No entiendo.
- Las flechas van en el sentido de las agujas del reloj.
-  Es verdad.
- Bueno, ahí tiene.

Me paré en seco, y no me pude contener
- ¡Ahora sí que me termino de convencer que usted y todos sus secuaces de Investigaciones Globales son una manga de chiflados que no tienen otra cosa mejor que hacer que burlarse de un hombre mayor como yo, que lo único que pretende a esta altura de la vida es venir todos los días al bar, y tomarse tranquilo un anicito o una Hesperidina! ¡Pero desde que me empecé a enroscar con ustedes después del incidente con Orellana, me la paso haciendo investigaciones detectivescas debajo de la lluvia, participando de reuniones secretas en la cancha de Excursionistas, y por si fuera poco, haciendo viajes en el tiempo! ¡Y usted me quiere arreglar explicándome no sé qué cosa de las agujas del reloj con un garabato en una servilleta de papel, mecachendié!
- ¿Ya se descargó, Tordo?
- Perdóneme, Anchoa. No es mi costumbre reaccionar de esta manera, pero la falta de descanso me tiene  un poco irritable.
- No será para tanto, hombre. Una noche en vela no mata a nadie.
- Mire, por algo me dediqué a la Podología, le confieso. De joven tenía el berretín de estudiar Medicina, pero me acobardó el tema de las guardias. Le vuelvo a pedir disculpas por el exabrupto.
- No hay problema. Solamente le pido que se concentre en lo que le estoy queriendo explicar.
- Bueno. Lo intento.
- Lo que quiero decirle, es que hemos descubierto que en esa manzana, y teniendo como epicentro al bar, se produce un fenómeno de distorsión temporal cuyo origen por ahora desconocemos, pero que se pone de manifiesto cuando alguien desarrolla por completo un recorrido perimetral, en el sentido de las agujas del reloj.

A pesar de que, como de costumbre, me hablaba en esa forma tan rebuscada, entendí claramente lo que quiso decirme, y le respondí rápidamente.
- ¡Ah, sí, claro! ¡Y me va a venir a decir que a cada persona que da toda la vuelta a esa manzana se le adelanta el tiempo siete horas! Imagínese ¡La vida en el barrio sería un caos, en ese caso!
- Disculpe, Tordo. ¿Usted conoce muchas personas que anden cruzando el alambrado que está al fondo de Olleros, y caminando por el costado de la vía, para salir a Lacroze atravesando el predio de la calesita?
- Ahora que me lo dice, creo que tiene razón. Yo completé el circuito por seguir al perro. De lo contrario, al llegar al alambrado, hubiera pegado la vuelta.
- Él fue el que nos hizo sospechar, Doc.
- ¿Él? ¿Quién?
- Cada vez entiendo menos, Anchoa.
- Paso a explicarle: habrá notado que Erec es un perro un tanto…especial.
- Así es. Pensé que solamente a mí me daba esa impresión. Tiene algo que inspira respeto, como si…como si…
- Como si supiera algo
- ¡Eso! ¡Como si supiera algo que nosotros no!
- Bueno, algo de eso hay, Tordo. ¿Se acuerda del otro día, cuando el perro le afanó el salamín a Pilín?
- Sí, claro, cómo  no me voy a acordar. Entró al bar en el momento justo, y ¡chac!, cachó el salamín al vuelo, antes de que tocara el piso.
- Bueno, ahí está. Nuestra teoría es que Erec sabía que justo en ese  preciso momento, iba a tener a su disposición ahí, apenas entrando al bar, un salamín girando en el aire. Creemos que no fue casual su aparición.
- ¿Usted dice que el perro predice el futuro?
- No precisamente, Doc. Piense en usted. Ya sabe que esta tarde a eso de las siete se va a tomar una Hesperidina en una mesa de la vereda del bar. Es más: ya la dejó paga y todo.
- ¡Me caigo y me levanto! A ver si entendí: cuando dí la primera vuelta manzana...
- En el sentido de las agujas del reloj…
- Claro: Lacroze, Amenábar, Olleros, la vía del tren y, tras pasar por la calesita, otra vez Lacroze, para llegar a la mesa donde usted me estaba esperando, el tiempo se me adelantó siete horas.
- Correcto
- Al revés que las agujas del reloj, o sea: Lacroze, la vía, Olleros, Amenábar y vuelta a Lacroze…
-  Sí, sí, ¡ahí el tiempo volvió al punto de partida!
- Prácticamente, sumándole lo que tardamos en dar la vuelta manzana.
- ¿Y usted dice que el perro se avivó de este fenómeno y lo usa en provecho propio?
- Así parece. Da la vuelta en sentido horario, pispea lo que va a pasar siete horas después, vuelve a dar la vuelta, esta vez en sentido antihorario, y se pone a esperar. Como la del salamín le hemos visto hacer varias.
- ¿No le parece una locura todo esto?
- No crea, Tordo. Lo venimos estudiando científicamente. Para eso tenemos en el equipo a un experto en física cuántica, doctorado en el emaití.
- ¿En el emaqué?
- En el Massachusetts Institute of Technology. Se lo dije abreviado para que me entienda.
- ¡Ah, bueno! Y yo que pensaba que Investigaciones Globales se reducía a usted y esos cinco falsos barrabravas…
- Es así, como usted acaba de decir.
- Y entonces el físico ese que usted dice, ¿Qué viene a ser? ¿Un asesor contratado?

- Es Pascua. Pascua es doctor en física...


- CONTINUARÁ -

Safe Creative #1109150068966

domingo, 4 de septiembre de 2011

27 - Croquis


No pude responderle.

Esa pregunta formulada en un tono socarrón me terminó de descolocar.
A esa altura de los acontecimientos, mi confusión era tan grande, que, a pesar de que en  mi cabeza se atropellaban las conjeturas, y por consiguiente las preguntas que quería formularle a Anchoa, sólo atiné a hacerle a Candela una seña con el índice y el pulgar para que me trajera un café.

- Bueno, Tordo, no me parece mala idea, así se despabila un poco, dijo el detective.

Tragué saliva, y con esfuerzo conseguí articular una frase:
- ¿Me puede explicar qué es todo esto?
- ¿Podría ser un poco más preciso en su pregunta, si es tan amable?
- No se haga el otario, Anchoa. ¿Qué es lo que está pasando con el tiempo?
- ¡Ah! ¿Vió? ¡Está cada vez más loco! Llueve, para, vuelve a llover…
- Me cacho…usted sabe que no me estoy refiriendo al tiempo climáticamente hablando. Qué pasa con el tiempo, digo. ¡Con las horas!

En ese momento pareció sufrir una transformación. Respiró hondo y cambió su actitud corporal, Pasó de estar recostado relajadamente en el respaldo de la silla de lona, a encorvarse encima de la mesa sobre la que apoyó ambos codos; reemplazó su sonrisa canchera por una expresión adusta, y me dirigió una mirada penetrante como nunca le había visto; y hasta bajó un par de octavas el tono del soplido de su voz. Parecía uno de esos grandes actores que pueden saltar de un personaje a otro en un segundo.

Dejó de lado el tono socarrón y me contestó:
- Es lo que estamos tratando de averiguar.

- Acá está, bien calentito. Te lo hice preparar bien fuerte, porque hoy tenés cara de dormido, me dijo Candela mientras dejaba el pocillo en la mesa.
- Es que no descansé bien. Gracias, señorita.

Mientras le ponía azúcar al café, me dí cuenta de que recién en ese momento me estaba enterando de cuál era el meollo del asunto que Anchoa y su equipo de Investigaciones Globales estaban tratando de desentrañar.

- Lo que pasa, Doc, es que como le dije hace un rato, usted se manda por su cuenta a hacer recorridos que…
- Mire, no me va a venir a decir ahora que si uno sale a dar una vuelta manzana por el barrio se le adelanta el tiempo siete horas, así como así.

Anchoa respiró hondo, volvió a recostarse en el respaldo, me  dirigió una mirada entre piadosa y comprensiva, y me dijo:
- A ver: pasemos en limpio sus últimos movimientos, Tordo. ¿A qué hora vino hoy al bar?
- La primera vez, me parece que a eso de las seis de la mañana. No había podido dormir, salí a caminar, y terminé acá. Doña moderación recién estaba abriendo el local. Me tomé un café con leche, y me fui a dar unas vueltas por ahí. Regresé casi al mediodía.
- Ajá. Y entonces, qué hizo?
- No volví a entrar. Me fui para la esquina de Amenábar, donde está el kiosco de diarios. Ahí dí vuelta la esquina y caminé hasta Olleros. Volví a girar a mi derecha, y cuando casi estaba por llegar al final de la cuadra, me paré a observar el portón que pertenece al galpón ese que usted dice que está comunicado con el bar.
- No se paró, se arrodilló. Por un instante Anchoa volvió a la mirada burlona y la actitud sobradora.
- Sí, sí. Ahí se hizo presente su amigo el perro, y lo seguí hasta el alambrado que cierra la calle, lo cruzamos, giramos a la derecha, y nos vinimos por el costado de la vía. Llegamos a la calesita de la esquina, volvimos a girar a la derecha, y  por Lacroze llegamos a esta misma mesa donde estamos sentados ahora usted y yo.

Entonces agarró una de las servilletas de papel que había en la mesa, y con una birome que sacó del bolsillo de la campera, dibujó un cuadrado, al que le hizo una x más o menos en la mitad del lado inferior, más bien tirando para la derecha.
- Acá estamos nosotros. Esta es la entrada del bar.
- Ajá

Dibujó una flecha paralela al lado del cuadrado, que arrancaba en la x, y terminaba en el ángulo de la izquierda.
- Acá está el kiosco de diarios, en Lacroze y Amenábar, me dijo, golpeando con la punta de la birome el extremo de la flecha que acababa de trazar.
- Sí

Hizo a continuación otra flecha, vertical, paralela al lado del cuadrado que, me estaba dando cuenta, representaba a la calle Amenábar, con la punta apuntando hacia arriba.
Partiendo de la punta de esa flecha, dibujó otra, de izquierda a derecha, paralela al lado superior del cuadrado. La cuadra de Olleros entre Amenábar y la vía, donde está el portón, pensé, arqueando las cejas.
Anchoa pescó al vuelo mi gesto, y me espetó:
- Exactamente, Doc. Esta es Olleros, Y tras poner una x sobre la flecha, del medio tirando un poco hacia la derecha, me dijo:
- Éste es el portón donde Erec lo hizo caer.
A pesar del sueño atrasado y la confusión que tenía, me dieron ganas de pegarle una piña, por recordarme a cada rato esa situación tan vergonzosa.
Que me adivinara el pensamiento ya había dejado de sorprenderme.

- No se ofusque que ya termino. Trazó entonces una cuarta flecha, de arriba hacia abajo, paralela al lado derecho del cuadrado, y cuando terminó de dibujarle la punta, dijo:
- La calesita.

Por un momento, agradecí que esta vez me estuviera mostrando la manzana del bar utilizando un método tradicional como es la tinta y el papel, y no ese programa de la computadora que había usado la noche anterior en el club, y que me había dejado vomitando.

Finalmente, hizo una última flecha, corta, que iba de la calesita hasta la primera x, donde había comenzado el recorrido.

Me extendió la servilleta, y me preguntó:
- ¿Este es el camino que recorrió hoy al mediodía?
- Sí, Anchoa. Digamos que arranqué al mediodía, pero terminé un poco más tarde. Siete horitas, nada menos. No me haga acordar, que me descompongo. Entre la impresión que me provocó el hecho de haber avanzado siete horas de golpe, sumado a que al cruzar el alambrado se me rompió el …

Acompañé las últimas palabras de mi frase con el gesto automático de palparme la espalda, y comencé de nuevo a transpirar frio. Me paré, me quité el saco para poder mirarlo, y ratifiqué con la vista lo que el tacto me había adelantado.

Estaba intacto. Ni una marca.


- CONTINUARÁ -