"En general, nada es lo que parece" (A. N. Choa)

domingo, 24 de julio de 2011

21 - La pieza de Johnatan


Lo que me acababa de contar Anchoa me dejó con la boca abierta, y, si eso fuera posible, más confundido todavía.
Pero no pude preguntarle nada más, porque en ese momento volvieron a sonar los tres golpes en la puerta, que anunciaban que del otro lado estaba Pilín.
El Topo se paró para abrirle, y yo junto con él.
-Listo! La parrilla quedó brillosa de tan bien que la limpié!, dijo el gordo, y preguntó:
-¿Me pueden explicar eso del plan para correr a los de El Porvenir?
-Sí, gordo, vení que te contamos, contestó Anchoa guiñándome nuevamente el ojo.

Aproveché la interrupción para despedirme, con la excusa de que tengo la costumbre de madrugar. Pero en realidad lo que necesitaba era salir al fresco de la noche y moverme un poco para tratar de aclarar las ideas.
Caminé hasta el portón por la calle interna. La presencia de la tribuna vacía, silenciosa y oscura a mi izquierda me provocaba una inquietud difícil de explicar.
Cuando salí a la vereda me sentí un poco más relajado, y recién ahí pude empezar a pensar con algo de claridad.
La revelación de la última información que El Soldado le había podido transmitir a Anchoa desde el galpón, antes de tener que cortar la comunicación, había funcionado en mi cabeza como una especie de sacudón que consiguió el efecto de acomodar algunas fichas que estaban sueltas y desordenadas.
Le había dicho que tenía que cortar, y que no sabía cómo iba a hacer para que Orellana no lo reconociera. ¡Orellana! El mozo correntino de pocas pulgas que había desaparecido misteriosamente del bar después de aquel incidente que tuve con él por culpa de "Decisiones Express", y al que después de unos días pudimos ver dirigiéndose hacia la estación como un fugitivo, cada vez que en el bar se desataba esa cadena de acontecimientos inexplicables que culminaba con una chorrera de gente saliendo por la puerta celeste mientras hablaban por celular con una sonrisa de zombies...
Resulta que ahora, o mejor dicho una semana atrás, El Soldado se lo topó en el galpón, en el medio de una multitud.
¿Quería decir entonces que Orellana tenía algo que ver con alguna misteriosa organización que captaba incautos con falsas promesas de trabajos soñados?
¿O tal vez, tal como lo sospeché en algún momento, lo habían despedido del bar después del incidente, y entonces era un incauto más buscando una salida laboral?

Había caminado unas cuadras sumido en estas cavilaciones, cuando me sobresaltó un ruido estridente y agudo, parecido al motorcito de uno de esos aviones a escala, que se manejan a control remoto.
Me dí vuelta hacia el lugar de donde provenía el sonido, y lo vi venir a Johnatan, montado en su motito nueva, que desde el medio de la calle se acercó rápidamente, describiendo una curva e inclinando el vehículo como si fuera un piloto profesional, para ponerse a mi lado.
Bajó la velocidad, se quitó el auricular de su oído derecho, y mostrándomelo como si fuera un señuelo, me hizo señas para que me subiera. Sin pensarlo demasiado, me acomodé detrás de él, como hipnotizado. Casi como cumpliendo un ritual, me pasó el auricular. Sin hablar ni una palabra, me lo calcé, y arrancamos.

Por mi oído izquierdo me llegaba el ruido irritante del motorcito de la moto.
Por el derecho me estrujaban el corazón los versos de "Cristal", de Mores y Contursi:

Tengo el corazón hecho pedazos,
rota mi emoción en este día...
Noches y más noches sin descanso
y esta desazón del alma mía...
¡Cuántos, cuántos años han pasado,
grises mis cabellos y mi vida!
Loco... casi muerto... destrozado,
con mi espíritu amarrado
a nuestra juventud

Casi coincidiendo con el final del tango, Johnatan detuvo la moto.
Le devolví el auricular y nos bajamos. Él la llevó a mano hasta una puerta que abrió mientras me hacía con el dedo sobre su boca un gesto para que me mantuviera en silencio. Entramos, y dejó la moto en un pequeño patio repleto de macetas con malvones. Me hizo señas para que lo siguiera, y pasamos a una de las habitaciones que daban al patio.
Encendió una luz que colgaba del techo, me acercó una silla para que me sentara junto a una mesita con mantel de hule a cuadros, me dio la espalda para encender un pequeño calentador a querosene, sobre el que colocó una pava toda abollada, y a continuación sacó de adentro de un ropero un mate, una bombilla y un paquete de yerba, y se puso a prepararlo como lo hacen los que saben: llenó el porongo hasta dos tercios de su capacidad, luego tapó la boca con la palma de la mano, lo invirtió y lo sacudió varias veces. Lo inclinó a 45 grados, y golpeó suavemente la base contra la mesa, para que la yerba quedara formando una especie de rampa inclinada. Retiró la pava del fuego con el agua aún tibia, y echó un chorro finito en la parte más profunda de la yerba, que se fue hinchando a medida que se humedecía. Volvió a colocar la pava sobre el fuego, para que el agua se terminara de calentar, mientras enterraba la bombilla delicadamente en la mitad húmeda de la yerba, manteniendo tapada la boquilla con el dedo pulgar.
Un verdadero experto el pibe.

Mientras tanto, yo miraba de reojo la decoración de la pieza: en una de las paredes, tenía pegadas varias tapas de longplays de Julio Sosa, Gardel, Goyeneche y Rivero. En otra, colgaba una guitarra criolla.
Cuando el agua estuvo a punto, apagó el calentador, se arrimó una silla, se sentó frente a mí, y cebó el primer mate, espumoso como pocas veces había visto. Como corresponde, se lo tomó él, y recién me convidó el segundo.

Esperó a que lo terminara, me miró con sus ojos brillosos, y me habló.
Caí en la cuenta de que era la primera vez que le escuchaba la voz. Nuestra comunicación, hasta ese momento, se había reducido a una serie de gestos, miradas, y tangos compartidos a través de los cables de su aparatito de música
Pero más que su voz ronca y aguardentosa, más adecuada para un hombre grande y curtido que para un pibe melenudo de vaqueros, remera con una lengua dibujada y zapatillas coloradas, lo que me inquietó fue lo que me dijo:

-Doc, tenga cuidado. No sabe en lo que se está metiendo.

- CONTINUARÁ -

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4 comentarios:

  1. Lo pude leer recién esta tarde, y comentar recién ahora. Su historia me tiene atrapadísimo, y debo confesarle que estuve todo el día cantando en mi cabeza "más frágil que el cristal, fue mi amor, junto a ti", con la cadencia del querido Polaco.
    No le afloje amigo, por más que le Jonathan quiera asustarlo.

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  2. Atrapadisimo con esta historia! Que se venga rapido el proximo capitulo!

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  3. Rayos, pámpanos, retruécanos y recórcholis. Ya sabíamos que no sabía dónde se estaba metiendo. Pero esta advertencia final me ha dejado con la nuca erizada. Y ahora hay que esperar una semana? Me resisto a la idea.

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  4. Por recomendación FBookera de Agustín llego al blog. Me gusta la trama. Habiendo leído los 21 capítulos y sólo para fastidiarlo...

    "te sigo,dale!"

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