"En general, nada es lo que parece" (A. N. Choa)

domingo, 6 de noviembre de 2011

36 - Conclusiones


La camioneta dobló en Echeverría, y se dirigió hacia Libertador. Para abrirse paso en el tránsito, que a esa hora y en esa esquina, suele ser francamente edemoniado, el Topo comenzó a tocar enloquecidamente la bocina, como si fuera una sirena. Y como para reforzar, Pascua sacó el brazo por la ventanilla y se puso a agitar un pañuelo, mientras en la caja Fusa se hacía el descompuesto y Popote lo apantallaba, en una acabada muestra de la variedad de recursos que maneja esta gente de Investigaciones Globales a la hora de enfrentarse con situaciones inesperadas.

Lo cierto es que si algo me faltaba para terminar de hacerme un embrollo, era la revelación de Anchoa acerca de los oscuros propósitos que se ocultaban tras la fachada aparentemente inocente de Decisiones Express.

Entonces, se me ocurrió hacer una especie de ejercicio mental. Pensé que si en lugar de dispersarme tratando de determinar la veracidad de los datos que me habían venido aportando el detective y sus socios, aceptaba esa información como cierta sin más ni más, independientemente de lo disparatada que me pareciera, tal vez podría avanzar en algún tipo de razonamiento lógico que relacionara esos datos entre sí, y a su vez los conectara con los fenómenos reales y concretos que habíamos estando observando.

En primer lugar, había algo que no me cerraba del todo, y era por qué razón aquel  paisano de principios del siglo XIX que había llegado a nuestros días accidentalmente tras dar una vuelta al ombú en busca de privacidad para aliviar sus intestinos (y que según mi sospecha era Orellana, el mozo correntino), no había tenido la idea, más bien simple, de hacer el camino inverso alrededor del árbol, y así regresar sano y salvo a su época.

Distinto sería el caso de Svebor, el cocinero, a quien el viaje en el tiempo lo habría puesto a salvo de la persecución de la autoridad, porque siendo propietario del criadero de pollos en la época de Rosas, había fileteado a un mulato por una cuestión de polleras. Ese sí que no tendría ningún interés en regresar a su tiempo.

Aunque pensándolo bien, a Orellana lo habíamos observado dos veces salir del bar como a escondidas con su bolsito bajo el brazo, en dirección a la esquina de la calesita, y ahí lo habíamos perdido de vista. ¡Ese era el comienzo del recorrido en sentido antihorario alrededor de la manzana (y por lo tanto alrededor del ombú, que está casi en el centro), que tal cual yo mismo había podido comprobar, llevado por Anchoa, lo devolvía a uno al punto temporal departida!

¿Sería que el correntino estaba intentando volver al mil ochocientos y pico para retomar su viaje inconcluso al litoral? Pero lo habíamos visto no una, sino dos veces dirigiéndose a la esquina de la calesita. Por lo tanto, o bien en el primer intento no lo había logrado, o había vuelto al presente a buscar algo que se había olvidado, o a terminar algún asunto inconcluso.

Ese pensamiento en relación a las supuestas idas y vueltas de Orellana en el tiempo, me disparó una pregunta: ¿Cómo podía ser que con una vuelta al ombú el correntino se hubiera adelantado más de doscientos años, y yo, en cambio, nada más que siete horas?

Pero también me surgió una respuesta, en este caso a mi suposición con respecto a que Johnatan podía ser uno de los dos que había venido del pasado. Recordé que mi idea se fundaba en la inexplicable afición de ese chico por el tango, lo que me había hecho sospechar que podría haber sido uno de los muchachos que se juntaban a jugar al billar en el bar en la época de Pernoglio. Pero claro, tanto a principios del siglo XIX como unas décadas más tarde, en la época de Rosas, la zona aledaña al ombú estaría prácticamente libre de edificaciones, y por lo tanto les debe haber resultado muy sencillo, tanto a Orellana como a Svebor, dar la vuelta completa alrededor del árbol y salir disparados al futuro, es decir a nuestra época actual. En cambio, en la década del cincuenta, cuando el bar era un reducto de jóvenes tangueros, ya la manzana estaba totalmente edificada, y lo más importante, ya corría el ferrocarril,  que hacía que la cuadra de  Amenábar justo atrás del bar, quedara interrumpida por el alambrado que yo había atravesado siguiendo a Erec. Por lo tanto, ya en esa época era muy improbable que alguien diera una vuelta completa a la manzana.

Ahora bien, al pensar que el correntino y el croata (o lo que fueran en realidad, porque cuando emprendieron su viaje alrededor del ombú posiblemente no existieran ni la provincia de Corrientes ni la República de Croacia) habían llegado ambos a un mismo punto del presente, partiendo de épocas separadas por al menos cincuenta o sesenta años, se me volvió a generar la duda acerca de cómo caracho funcionaría esa especie de máquina vegetal del tiempo.

La única explicación que se me ocurrió fue que tal vez de acuerdo a la mayor o menor velocidad con la que uno completara el giro, más lejos o más cerca en el futuro iría uno a parar.

¡Y entonces me imaginé a Orellana dando la vuelta a los piques, aflojándose el chiripá para no desgraciarse encima, con lo cual se mandó un viaje como de doscientos diez años! ¡En cambio, para la época del criadero de Svebor, por más que el rubio estuviera escapando de la mazorca, seguramente ya habría alrededor del ombú algunas estructuras del criadero de pollos, algún tapial que saltar, tal vez, lo  que le habrá hecho más complicado el circuito, de manera que su avance en el tiempo fue unos cincuenta o sesenta años menor! ¡Y de esa manera, bingo! ¡Ambos llegaron al mismo punto temporal, es decir, nuestro presente! ¡Y en mi caso, entre mis achaques que no me permiten desarrollar grandes velocidades, y el hecho de que además de que la vuelta que tuve que dar había sido de por lo menos cuatrocientos metros, estuvo el tiempo que perdí observando el portón del fondo, y lo que me costó atravesar el agujero en el alambrado, y después llegar hasta la calesita, esquivando latas y linyeras, obtuve una míseras siete horas de adelanto en el tiempo!   

¡Y por último, tanto para Orellana como para Svebor había resultado relativamente fácil llegar hasta el presente, por lo despejado que tenían el terreno alrededor del ombú, pero justamente, como llegaron a una época en la que ya estaba construída toda la manzana alrededor del árbol, aún suponiendo que se hubieran avivado que dando la vuelta en sentido inverso podían volver hacia el pasado, el tiempo que tardarían en hacer ese giro solamente les permitiría retroceder algunas horas, con lo cual prácticamente estaban condenados a quedarse en nuestra época! A menos que tuvieran acceso al terreno justo detrás del bar, donde está el ombú. Porque por supuesto que me acordaba perfectamente que Anchoa me había dicho que El Soldado, antes de incomunicarse, había mencionado que pudo ver al correntino en el galpón del fondo, mezclado entre la multitud de aspirantes a decididores

En ese punto de mis elucubraciones, me percaté de que estaba agitado, y con palpitaciones. Seguramente era en parte porque las conclusiones a las que había arribado encajaban  perfectamente, pero también porque sin darme cuenta había estado caminando todo el tiempo, cada vez más rápido. Y por supuesto, mis pasos me habían devuelto frente al bar.

Observé con cierta melancolía el frente del establecimiento, con sus mesas y sus sillas de lona azul en la vereda, y me asaltó un estúpido sentimiento. Quise que Anchoa hubiera estado ahí conmigo, para poder transmitirle mis descubrimientos, y que se sintiera orgulloso de mí.

Justo en ese momento sonó mi celular. Al atenderlo, del otro lado sonó el soplido del detective, casi tan agitado como estaba yo, que me dijo:
- ¡Tordo! ¡Pascua me explicó, cuando llegamos al club, que el tema del torbellino temporal alrededor del ombú se está inestabilizando!
- ¿Y eso que significa? Le pregunté, mientras pensaba en qué momento le había pasado mi número.
- ¡Que en cualquier momento se detiene! ¡Le aviso para que no se le ocurra hacer nada raro!
- Quédese tranquilo. ¿Y por ahí? ¿Qué pasó con los de Cambaceres?
- Estamos preocupados, Doc. Las banderas están en el depósito. Nadie las tocó. Pero a Pilín no lo encontramos por ninguna parte. Ahora nos estamos subiendo de nuevo a la camioneta para ver si lo encontramos por el barrio. No sea cosa que esos turros lo hayan secuestrado, al gordo. Son capaces de cualquier cosa.
- Bueno, Anchoa. Ustedes ocúpense de ese pobre muchacho, que yo me quedo acá, observando qué pasa en el bar, desde la vereda de enfrente.

Le estaba mintiendo descaradamente.

- CONTINUARÁ -

2 comentarios:

  1. ah! como si AnChoa no se iba a dar cuenta de que le estaba bolaceando!!!
    Buen capítulo, amigo!

    ResponderEliminar
  2. Resumiendo, que la cosa venía complicada! Buen compendio y mejores las explicaciones. Pero como pasa siempre, cuanto más sabemos, menos entendemos!

    ResponderEliminar